3 Microrrelatos para morirte de miedo

Asustar a un niño no es tan fácil como parece. Hace falta suspense, intriga, sorpresa… y sobre todo, memoria para acordarnos de todo lo que tenemos que contar. Por eso, te ofrecemos una selección de tres microrrelatos de miedo para que no se te olvide ni un detalle cuando los cuentes y os lo paséis de miedo juntos.

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Para los más pequeños

1. Teeth, el vampiro desdentado

Teeth era un pequeño vampiro de la familia Dráculez que tenía la dentadura de mejor estado de toda su familia, siempre estaba cuidando sus dientes. Su abuelo, el Conde Drácula Dráculez, un día mordió una granada y murió, y desde ese momento toda la familia dejó de morder cosas de color rojo. En el día de Halloween toda la familia se permitía morder cosas de color naranja, parecido al rojo, pero Teeth, al morder una calabaza aún no madura, hizo que sus colmillos se saliesen y cayeran al suelo. Toda la familia, en señal de solidaridad, también mordió las calabazas, perdiendo a su vez sus colmillos.
Un día, a Teeth se le ocurrió un genial idea y fue al supermercado a comprar todos los frutos rojos que antes no podía él y su familia morder, y preparó una sopa con ellos. Luego, les dio a probar de ella, generando primeramente un rechazo del padre, que le decía: ¡Pero no podemos morder nada rojo, Teeth! Sin embargo, era tan rica la sopa que todos quedaron sorprendidos, cada uno de ellos sirviéndosela toda. Inmediatamente, vieron que comenzaban a crecer sus colmillos. La sopa, con sus vitaminas, había hecho que crecieran sus huesos de la boca nuevamente. Así que Teeth volvió a ser el orgullo de la familia.

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Para los más mayores

2. Un creyente

fantasma

Autor: George Loring Frost

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros.
Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
-Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?
-Yo sí -dijo el primero, y desapareció.

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3. El pozo

Autor: Luis Mateo Díezzombie

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. Este es un mundo como otro cualquiera, decía el mensaje.

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