Sentir como crece en la profundidad desconocida de nuestro vientre la vida de un nuevo ser, que aparece moviéndose mucho antes de llegar al mundo, es una vivencia que re-significa nuestra identidad y nos anuncia cambios irreversibles.

En el inicio el bebé será interpretado sólo por la madre, ella es la que adivinará desde muy dentro, con la sabiduría del sentido común, el por qué de su llanto, la necesidad del alimento, los por qué de la falta de sueño, cómo hablarle, cómo acariciarlo, sintonizar con él en un mágico y personal lenguaje del que sólo madre y bebé participan.

Esta díada que comienza en la vida intrauterina es tan única e irrepetible que cada hijo nos hará descubrir la propia, ya que cada uno es único y diferente a los demás.

Desde el primer día el bebé demandará brazos, alimento, amor, palabra, balanceo, movimiento y desvelos, en una suma infatigable de entrega que la madres sentimos la obligación de responder, a veces sin ser consientes de las consecuencias de una incondicionalidad que desconoce los límites de la vida.

El bebé siente que todo lo que necesita lo puede cubrir la madre, desde entregar su cuerpo a través de la leche para nutrirlo, hasta ofrecerle un puente para ligarlo con el mundo.

En este sentido, nuestra tarea en esa etapa es también enseñarle que existimos más allá de su mundo, que habrá tiempos de espera que ayudarán a conectarlo consigo mismo, acompañándolo en el reconocimiento de que el mundo de afuera va más allá de mamá, si bien mamá estará siempre atenta para acompañarlo en la apertura del cascarón que comenzó al salir del vientre y se desprenderá poco a poco con la aparición de los primeros pasos.

Muy pronto llegará el momento en que deje de ser bebé, esto tendrá que ver más con un sentir que con un tiempo cronológico. Hay bebés de muchos años, incluso adultos que se reservan conductas de bebés en los momentos en que quieren satisfacer sus deseos de forma inmediata. Por el contrario, en una evolución sana, un bebé comienza a transitar la autonomía de niño cuando descubre que entre él y los demás hay un corte, un espacio que nos exige esperas, acomodaciones, límites a los impulsos, esfuerzos por hacernos comprender, plasticidad para ser recibidos por mamá y el resto del mundo que hay detrás de ella.

Nélida Haedo • Psicóloga Clínica colaboradora de Sapos y Princesas

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