Son muchas las tradiciones culturales que han tratado la idea del intercambio de regalos en las fechas navideñas. A nuestro país han llegado a través de la cultura cristiana en relación a la ofrenda de los Reyes Magos al Niño Jesús y probablemente también con la figura de Nicolás de Myra (nuestro actual Papá Noel), un obispo de Turquía del siglo IV que entregaba regalos a los más pobres.

La cuestión es que la Navidad entendida más allá del espíritu religioso, tiene que ver con la idea de compartir tiempo y ofrendas con nuestros seres queridos e incluso, a veces, no tan queridos.

Todo esto interrumpe en nuestro día a día con el ritmo de vida en el que nos encontramos inmersos durante todo el año. Normalmente (que no siempre) es frenético, competitivo, falto de conciencia real de la valía del tiempo compartido, y eso se refleja en la actitud frente a la Navidad y por ende, en la compra de los regalos. Y cuando todo esto está pasando en el mundo adulto, ¿qué pasa con los pequeños?

Ellos son el espejo en el que mirarnos cuando no sabemos muy bien qué estamos transmitiéndoles respecto a los ‘Reyes Magos y Papá Noel’. Lo habitual es que la petición de regalos sea desmedida, y como adultos no sepamos cómo enfrentarnos a esta cuestión. Pues bien, en este proceso están implícitos dos aspectos fundamentales de la educación familiar:

  • La gestión de emociones
  • La regulación de los límites

Desde pequeños, los niños aprenden a tener emociones, y también a regularlas. Las emociones aportan energía, organizan y motivan el funcionamiento adaptativo, y esto depende de los procesos que regulan la emoción. Normalmente el ‘equipo padres’ es el que regula la expresión de emociones de sus hijos, pero poco a poco es el pequeño el que va haciendo suya esta regulación. Esto le ayuda a organizar los procesos emotivos a la hora del control de su conducta. Es decir, si los padres ayudamos a los pequeños a que éstos puedan manejarse en la frustración de no conseguir todo lo que quieren con sólo pedirlo (por ejemplo), ellos irán adaptando sus peticiones al modelo que se implante en casa. Si por el contrario, todas sus peticiones son obtenidas, es probable que esa sea la forma que asumirá de resolver conflictos en su hogar, con los consiguientes disgustos, rabietas, lloros, falta de interés y motivación, etc. entre otras muchas posibilidades.

Por lo tanto, el proceso de regular el enfado o la tristeza por no conseguir todos los juguetes del catálogo es un esfuerzo continuo entre padres e hijos. Muchas veces tienen tantas cosas que no saben qué pedir, por eso, es clave en este momento que tengamos en cuenta regalos que verdaderamente les hagan ilusión para lograr sorprenderles, no es una cuestión de cantidad, sino de calidad.

Los padres tenemos que hacer partícipes a nuestros hijos de la petición de regalos, ayudándoles a madurar y a ser más autónomos en función de la edad, lo cual será un aprendizaje para estos días y para los que están por venir a lo largo de toda su vida. Ésta es por tanto la valía de los límites a su posiblemente eterna capacidad de pedir. Unos límites que debemos tener en cuenta desde el momento en que los niños comienzan a escribir su carta a los Reyes.

Además, los padres tenemos que lidiar entre querer darles todo y la idea sensata que poseemos, en general, de que eso no es lo adecuado. Así que también hemos de gestionar nuestras emociones, nuestra reacción ante las de nuestros hijos, nuestro entusiasmo navideño y nuestra impulsividad.

En ningún caso los regalos de Navidad deben comprometer la economía familiar. Debemos explicar a los niños que los Reyes deben llevar regalos a niños de todo el mundo y que los camellos tienen un límite de regalos para cargar. Cuando se razona con ellos, los niños entienden perfectamente las limitaciones y su capacidad de adaptación es asombrosa.

Como vemos éste es un gran trabajo, pero está enormemente recompensado. Ánimo con la tarea, felices fiestas y felices regalos a todos.

Nuria Llorente Sáez
Psicóloga y pedagoga
www.nuriallorentepsicologia.com

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