Dificultades en la infancia: ¿trauma o fortaleza?

Existe una tendencia generalizada a sobreproteger a los niños. Nadie desea que sus hijos pasen por experiencias duras, penosas, vergonzantes, etc. Algunos padres llevan esta sobreprotección al límite y no permiten que sus hijos vivan ninguna situación que pueda provocarles emociones negativas.

Pero… ¿para qué sirven las malas experiencias? Aparte de provocar malestar o sufrimiento… ¿tienen alguna función o utilidad?

Hay una película de 1976, El corredor solitario, de Michael Landon, que narra la historia de un niño de 13 años que se hace pipí en la cama y cuya madre tiende cada día las sábanas mojadas en el balcón. La intención de la madre es avergonzarle frente a sus amigos y que así deje de orinarse en la cama.  El niño salía cada día del colegio corriendo como una bala para llegar a casa y quitar las sábanas antes de que sus compañeros pasaran por su calle y pudieran verlas. Este “entrenamiento” involuntario hizo de él un gran corredor.

¿Qué nos enseña esta película? En primer lugar que a partir de una situación “mala” para el niño, que le provoca vergüenza, malestar etc. es capaz  de encontrar recursos para afrontarla y modificarla con el fin de que le haga “menos daño”.

El niño es capaz de correr como una bala para evitar que los otros niños se burlen de él. Con su sistema de “adelantarse al resto” consigue su objetivo: evitar la humillación pública. Es decir, aprende a solucionar un problema. Aprende a afrontarlo y modificar la situación. Aprende que no está “indefenso” ante los actos de los demás (en este caso, de la “genial” idea de su madre para terminar con la enuresis) y que tiene el poder de modificar el entorno. Así, a priori, esta experiencia, en principio mala para él, resulta también tener muchas cosas buenas….

Pero aún hay más. Tanto correr y correr le convirtió en un gran atleta. Fruto de lo cual obtuvo reconocimientos, premios, una profesión… Más aprendizajes: el valor del sacrificio, de la constancia, del trabajo duro… De modo que esta mala experiencia sirvió para forjar al niño de la película, para hacerle más fuerte. Le enseñó muchas cosas y le sirvió para otras. Para lo único que no sirvió, para frustración de la madre, fue para terminar con la enuresis.

Este ejemplo que me he permitido usar, en el que una madre usa una técnica poco terapéutica y nada sensible para acabar con la enuresis, y cómo esa experiencia lleva finalmente al niño a convertirse en un gran corredor, es solo un ejemplo algo extremo y caricaturizado de lo que quiero explicar. No podemos pretender proteger a nuestros hijos frente al sufrimiento. Forma parte de la vida y de la naturaleza humana. Tampoco podemos protegerlos de todas las situaciones potencialmente dolorosas para ellos. Pasarán, igual que nosotros hemos pasado, por decepciones amorosas, por situaciones vergonzantes, a veces harán el ridículo, a veces les dejarán de lado, otras fracasarán en algo…

Pero todas estas experiencias (siempre dentro de lo cotidiano, no hablamos aquí de situaciones extremas), les ayudarán a forjarse como personas. Serán lecciones de vida, de aprendizaje, de autoconocimiento. Les ayudarán a desarrollar recursos y estrategias de afrontamiento. Les ayudaran a crecer como personas.

Por Úrsula Perona
Psicóloga infantil
www.ursulaperona.com

También te puede interesar:

¿Qué opinas? Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *