Cuando explicar no es tan bueno para nuestros hijos

Damos explicaciones a nuestro hijo para que aprenda, para que se conozca, para consolarle y extendemos las explicaciones hasta cuando le expresamos un límite, agregando el por qué se lo pedimos, sin que el niño necesite o nos pregunte el por qué de nuestra demanda.

Le explicamos por qué se lo decimos o por qué le exigimos determinada conducta y hasta llegamos a pedir su aprobación por nuestra exigencia al decirles a algo que no.

Cuando el niño es muy pequeño, durante los dos primeros años, es raro que nos pida explicaciones sobre por qué le acostamos más temprano que los adultos, o por qué no puede levantarse de la mesa o la causa por la que debe ir a la escuela infantil.

Sin embargo nosotros le damos una explicación por cada una, explicación que muchas veces resulta excesiva y no signifi cativa para el pequeño, “Te pido por favor que te acuestes temprano para que mañana no tengas sueño cuando llegue la hora de ir al cole…

Al niño la explicación no le vale, él quiere seguir levantado participando de la reunión, por lo que, en plena etapa de egocentrismo, esa larga explicación sólo satisface al adulto y le quita la culpa que siente por acostar al pequeño de la casa antes que los demás.

Esto no sería importante si nuestras largas explicaciones fueran inocuas, pero no lo son. Por el contrario, el niño capta intuitivamente que muchas explicaciones que él no ha pedido ni necesita, porque no interactúa con ellas, terminan por cumplir la función de desculpabilización del adulto que lo ha obligado.

Marta, con apenas tres años y dos meses, le responde a la consigna de su mamá, diciéndole: “Tú no mandas”, y su mamá se defiende como si hablara con otro adulto, tratando de hacerle ver que ella es el adulto, que es la mamá y que por eso sabe lo que la hija debe hacer.

Este intercambio contiene inmanentemente una confrontación de horizontalidad por quién ocupa el lugar del saber que conlleva al lugar del poder, olvidando que esta jerarquía no puede nunca ponerse en tela de juicio.

Las madres no podemos entrar en el juego de justificarnos, respaldando cada una de nuestras decisiones, pues esta sería la prueba manifiesta de nuestra inseguridad a la hora de tomarlas.

Los padres analizamos previamente y en nuestra profunda intimidad cómo queremos educar a nuestros hijos, luego cuando expresamos las consignas que ellos necesitan incorporar, no podemos dudar, debemos mantenernos irrevocables, pues nuestros niños necesitan recibir en altas dosis nuestra seguridad y, aunque se revelen contra ella, necesitan sentir que no cambiamos, que lo dicho es inamovible, que el no, no se negocia porque lleva implícita la seguridad que ellos necesitan para sentirse sostenidos.

Nélida Haedo – Psicóloga Clínica colaboradora de Sapos y Princesas

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