Anaya conmemora la Declaración de 1989 con Los derechos de la infancia

Anaya Infantil y Juvenil conmemora con el libro Los derechos de la infancia el 25 aniversario de la Convención de los Derechos del Niño de 1989. Por cada ejemplar vendido el grupo editorial dona un euro a UNICEF.

Los autores —Antonio R. AlmodóvarEliacer Cansino, Gloria Cecilia Díaz, Agustín Fernández Paz, Mariasun Landa, Gustavo Martín Garzo, Gonzalo Moure, Daniel Nesquens, Ana María Shua y Lorenzo Silva— junto con el ilustrador Emilio Urberuaga ofrecen diez cuentos que recogen los principios contenidos en la Declaración de 1989. Con ello se pretende dar a conocer a los niños y niñas los derechos que velan por su protección y desarrollo.

A continuación os ofrecemos el primer capítulo, Las mondas de la luna, de Gustavo Martín Garzo que aborda el derecho a la igualdad, sin distinción de raza, religión o nacionalidad.

En aquel país, al llegar la primavera, las mujeres ponían un huevo, blanco, perfecto, de tacto aterciopelado, y se sentaban a esperar que el niño naciera.

Era tan hermoso ese huevo que ellas todo el tiempo lo tenían que tener en las manos. Dormían con ellos, y al apagar la luz oían un canto misterioso que no sabían de dónde venía, ni si era en sus sueños donde lo escuchaban.

Tenían aquellos huevos con ellas durante tres lunas. Al llegar la tercera, los llevaban al bosque en una ceremonia muy bonita, en que se adornaban con flores y se acompañaban con bonitos cantos.

Entonces, dejaban los huevos en un claro y regresaban a sus casas, pues aquellos niños necesitaban el secreto para nacer.

Esperaban entonces una luna más, y cuando regresaban, los niños ya habían nacido. El claro del bosque estaba lleno de los cascarones vacíos, que a la luz de la luna tenían una blancura inmaculada.

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Las mondas de la luna, llamaban a aquellos cascarones.

Entonces se quedaban muy quietas esperando.

Se oía en ese momento un canto, y otro más, y otro, que venían de todos los rincones del bosque. Eran los cantos de los niños que iban al encuentro de sus madres. Unos tenían escamas; otros, aletas y cola; otros, plumas como las de los pájaros, pues durante el tiempo que habían estado en el bosque, habían tomado las cualidades de los animales que había en ese lugar.

Y las madres enseguida identificaban a sus niños por su forma de cantar, ya que ese canto era el mismo que habían escuchado en sus sueños, cuando aún estaban dentro de sus huevos y ellas los tenían por la noche en sus camas.

Y cada una se llevaba al suyo sin importarle cómo era. Empezaba entonces aquel mundo de caricias, besos y desvelos que era la crianza de los niños. Y poco a poco estos iban perdiendo escamas, plumas y crestas para transformarse en seres humanos.

No quiere decir esto que se volvieran iguales, pues cada uno conservaba en su carácter las cualidades del animal que le había acompañado en el bosque. De forma que si uno había vivido con un ratón, era un niño muy revoltoso; si otro con un gato, tenía los ojos rasgados; si una niña estuvo con un mirlo, su voz era muy hermosa, y su piel negra, y si había sido un pez el que se había cuidado de una niña más, esta todo el tiempo quería estar en el agua y movía sus manos y pies como si fueran aletas y cola.

No había un mundo donde los niños fueran a la vez tan distintos e iguales como aquel. Distintos, porque en el bosque cada criatura tiene una apariencia diferente y su propia manera de ser; iguales, porque los cantos con que habían llamado a sus madres se parecían entre sí como los huevos de los que habían nacido. Y todos tenían el mismo corazón.

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