Cómo diferenciar pesadillas de terrores nocturnos y qué hacer

Entre los cinco y los ocho años aparecen muchos miedos en los niños. Empiezan a ser más conscientes de algunos temas de los que antes no lo eran (peligros, la muerte, etc) y eso unido a la explosión de la imaginación que se produce a esas edades, a veces hace que tengan pesadillas a menudo.

Éstas interfieren negativamente en el sueño del niño, y producen a menudo despertares, llamadas a los papás, o que el niño se niegue a dormir solo. Muchos peques que ya dormían en su cuarto parece que “retroceden” a etapas anteriores y demandan dormir con los papás de nuevo. Pueden mostrarse temerosos también durante el día. A veces les da miedo ir solitos al aseo, cruzar el pasillo, la oscuridad y en general estar solos.

Como decíamos, la gran mayoría de las veces se trata de miedos evolutivos, que forman parte del desarrollo normal del niño y que desaparecen por sí solos. Si se prolongan mucho en el tiempo e interfieren significativamente en la vida del niño, podemos consultar a un psicólogo por si se trata de una fobia a la oscuridad o ansiedad por separación.

Pero en principio, simplemente debemos dar apoyo y ayudar al niño a superar poco a poco estos miedos.

¿Qué debemos hacer?

Debemos hablar con el niño y comentarle que tener sueños y pesadillas es normal. A veces se sueñan cosas bonitas, y otras cosas feas o que nos asustan. Podemos explicarle que nuestra mente es muy creativa, e inventa muchas cosas. Pero eso no significa que existan de verdad ni mucho menos que vayan a suceder.

También debemos informarle que puede llamarnos si siente mucho miedo, que nosotros estamos en la habitación de al lado, muy cerquita y disponibles si nos necesita.
A veces basta con que sepan que pueden contar con nosotros para que se acuesten mucho más tranquilos. Lo importante es que no empiecen a tener miedo a sufrir pesadillas. Que anticipen y ya estén pensando en que van a soñar y lo van a pasar mal.

Cuando nos despierte en mitad de la noche con una pesadilla, es conveniente ir a su cuarto y consolarse, pero sin encender la luz si es posible, ni darle conversación, ni preguntarle que ha soñado, etc. Eso desvelaría al niño. Un abrazo y unas palabras cariñosas suelen ser suficientes para que el niño se calme, deje de llorar y se vuelva a dormir. Si viene a nuestra cama, lo acompañamos de nuevo a su cama, y allí le consolamos. Suele tratarse de una etapa que pasa sin más consecuencias.

¿Cómo diferenciar las pesadillas de los terrores nocturnos?

Algunos niños presentan terrores nocturnos. Estos se diferencian de las pesadillas en que son mucho más intensos, el niño puede incorporarse, sudar, gritar… son como una pesadilla pero muy fuerte. Otra diferencia es que el niño no llega a despertarse, calmándose progresivamente y volviendo a dormirse sin llegar a ser consciente de lo que ha pasado. Tampoco suelen recordar lo que ha sucedido al día siguiente, a diferencia de las pesadillas que sí pueden recordarse.

El mecanismo fisiológico que produce los terrores nocturnos es diferente al de las pesadillas. Está asociado a los cambios en las fases del sueño, y a cierta inmadurez en el sistema nervioso. No suele revestir gravedad si sucede aisladamente, pero si se produce con mucha frecuencia es conveniente visitar al pediatra o psicólogo para que valore si es necesaria ayuda.

Si el niño experimenta terrores nocturnos, no es conveniente despertarlo. Consolarlo tampoco suele servir de mucho porque el niño normalmente no se entera. Debemos esperar a que pase y se tranquilice, quedándonos con él para evitar que se lastime (pueden revolverse en la cama, o agitarse y darse algún golpe).

En cualquier cosa hay que vivir con naturalidad pesadillas y terrores y entender que forman parte del desarrollo normal del niño. Sin embargo, como decíamos, si interfieren mucho en la vida del niño y le causan mucho malestar, debemos consultar con un profesional.

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